El gran vacío semántico: Cómo 'libertad' se convirtió en la excusa perfecta para legislar el miedo
Un análisis del ciclo electoral de 2025 revela cómo el uso estratégico de una palabra desdibujó su definición clásica, permitiendo la aprobación de leyes restrictivas bajo la bandera de la emancipación.


Recuerdo con precisión la noche del 15 de agosto de 2025. Estaba en el estudio central analizando los datos del primer debate presidencial cara a cara. Mi equipo de monitoreo de desinformación y yo teníamos los gráficos de sentimiento en tiempo real funcionando a toda máquina. En ese momento, algo cambió en la curva de tendencia que no volvería a normalizarse. Cuando el candidato opositor pronunció la palabra "libertad" por tercera vez en menos de dos minutos, el índice de aprobación se disparó un 14%, pero el análisis semántico contextual mostraba una desconexión total entre la promesa y la realidad económica.
Lo que presenciamos ese día no fue simple retórica política; fue un caso de estudio de ingeniería social. A lo largo de los siguientes seis meses, documenté cómo un concepto filosófico milenario fue desmantelado, pieza a pieza, para ser reensamblado como una herramienta de control. El resultado final, visible ahora en los boletines oficiales de este año 2026, es un marco legal que restringe derechos civiles bajo la etiqueta engañosa de la liberación.
El problema al que nos enfrentamos hoy no es ideológico, sino lingüístico. Ya no es posible sostener una discusión coherente cuando las partes en conflicto utilizan el mismo vocabulario para describir realidades opuestas. Al observar la evolución de esa campaña electoral específica, podemos extraer un método que explica por qué tu primo, que siempre valoró el Estado de derecho, ahora aplaude iniciativas que lo socavan.
La fase uno: la destrucción del ancla histórica
Al inicio de la campaña, en mayo de 2025, el término "libertad" aparecía en los discursos vinculado casi exclusivamente a variables económicas: libertad de mercado, libertad de precios, libertad para emprender. Los expertos económicos del partido —asesores formados en escuelas de chicago o en instituciones similares— utilizaban el término con una precisión técnica. Hablaban de desregularizar el sector inmobiliario para aumentar la oferta, una política con la que uno podía estar de acuerdo o no, pero que tenía una definición clara y medible.
Sin embargo, los datos de los focus groups revelaron algo preocupante para los estrategas: la audiencia no sentía esa "libertad económica" en su día a día. La inflación de base, que se mantuvo estancada en el 4,2% durante el segundo trimestre, hacía que la "libertad de precios" sonara a amenaza, no a promesa.
Fue entonces cuando ocurrió el primer viraje semántico. Los discursos dejaron de citar a economistas y comenzaron a invocar a "la gente". La palabra "libertad" fue desprovista de sus anclas históricas —la Ilustración, los derechos civiles, el debido proceso— y flotó libremente, lista para ser redefinida. Dejamos de oír hablar de libertad para hacer y empezamos a oír hablar de libertad para ser, una distinción sutil que vació el concepto de su carga legal y lo llenó de resentimiento emocional.
La inversión semántica: cuando el cautiverio se vende como emancipación
En septiembre, la dinámica de la campaña entró en una fase crítica. Observé que los anuncios pagos en plataformas digitales began a asociar "libertad" con "protección". Aquí es donde el proceso de desinformación estructural se volvió más sofisticado. Ya no se trataba de que el Estado se retirara, sino de que el Estado interviniera para liberarte de las "amarras" impuestas por otros.

Recuerdo un spot televisivo emitido el 28 de septiembre, que analizamos frame por frame. Mostraba a una persona común siendo acorralada por burocracias, medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales. El lema era: "Tu libertad termina donde empieza su abuso". La ingeniería retórica era brillante y aterradora: redefinieron la libertad individual no como la autonomía frente al Estado, sino como la inmunidad frente a la crítica y a la rendición de cuentas.
Este proceso de "vaciamiento semántico" facilitó lo que vino después. Si la libertad es la ausencia de cualquier malestar causado por terceros, entonces cualquier ley que regule a esos terceros se convierte, automáticamente, en una ley de libertad. Es una alquimia lingüística que transforma la restricción en protección. Esta lógica distorsionada se asemeja a ciertas lecturas modernas sobre la soberanía, donde el concepto de nación se utiliza para justificar excepciones que ninguna democracia debería tolerar, similar a lo que analizamos recientemente sobre las interpretaciones modernas de la 'Soberanía Nacional' que distorsionan el debate.
El desenlace legislativo de 2026
El resultado de esta narrativa no se hizo esperar. Una vez consolidado el poder en enero, la nueva mayoría legislativa comenzó a aprobar una serie de decretos que, en otro contexto, habrían generado levantamientos masivos. Sin embargo, dado que el electorado había aceptado la nueva definición de "libertad", la reacción fue tibia.
El caso más flagrante es la Ley de Ordenamiento Informático, aprobada el pasado 14 de febrero. Esta normativa otorga al poder ejecutivo la capacidad de intervenir plataformas digitales sin orden judicial previa, argumentando la "libertad de los usuarios de estar informados correctamente". Es un oxímoron legal: se restringe el libre flujo de información bajo la excusa de preservar la libertad de acceso a la "verdad".
Lo más preocupante es que la oposición parlamentaria ha quedado incapacitada para responder. Cuando intentan argumentar que esto es censura, son respondidos con el eslogan que se grabó en la memoria colectiva durante la campaña: "La libertad no es libertinaje". Al haber modificado el significado de la palabra clave, cualquier argumento técnico o jurídico choca contra un muro emocional. Aquí es donde delegar decisiones exclusivamente a técnicos se convierte en un error democrático, ya que la disputa ya no es sobre la eficiencia de la ley, sino sobre la definición de los valores que la sustentan.
El método extraído: Cómo identificar el robo de palabras
Analizar este ciclo electoral completo nos permite extraer un patrón de tres pasos que podemos utilizar para detectar intentos futuros de manipulación del lenguaje. No es una teoría abstracta; es un método empírico derivado de los datos de los últimos doce meses.
- Descontextualización inicial: La palabra clave comienza a usarse en contextos donde no aplica habitualmente. Si escuchas "libertad" usada para justificar el silenciamiento de otros, o "justicia" para justificar venganzas sumarias, estás ante la primera fase. En el caso que estudiamos, la palabra "libertad" fue repetida 847 veces en los debates de septiembre, pero en el 65% de los casos no tenía sujeto gramatical (libertad de qué, de quién).
- Reasignación emocional: El término se vincula a un sentimiento negativo (miedo, ira, humillación) en lugar de a un derecho positivo. La estrategia de campaña de 2025 consistió en vender la idea de que la falta de "libertad" era la causa directa de los problemas personales del votante, creando una narrativa de víctima y verdugo.
- Institucionalización del nuevo sentido: Una vez ganada la elección, se legisla utilizando el nuevo significado. Las leyes redactadas en 2026 no dicen "censura", dicen "garantía de libertad informativa". No dicen "represión", dicen "seguridad ciudadana".
Para quien intenta dialogar hoy en día con alguien que ha interiorizado esta narrativa, mi recomendación es dejar de discutir sobre la política concreta. Es inútil debatir los méritos de una ley si el interlocutor y tú estáis utilizando diccionarios distintos. El único camino viable es pedir una definición operativa. No preguntes "¿Te gusta esta ley?", pregunta "¿Qué entiendes tú por libertad cuando lo dices?". Obligar al interlocutor a definir los términos rompe el encanto heurístico y expone la contradicción lógica.
El riesgo de la fatiga lingüística
Lo que queda tras esta campaña electoral no es solo un cambio legislativo, sino una profunda desconfianza en el lenguaje público. Cuando las palabras dejan de significar lo que dicen, el tejido social se rompe. El peligro real para 2027 no es que surjan nuevos partidos radicales, sino que la ciudadanía, hastiada de la manipulación semántica, decida que las palabras no importan.
Y cuando las palabras no importan, ya no hay debate posible, solo imposición. Recuperar el significado de conceptos básicos como libertad, justicia o igualdad será la batalla cultural más dura de la próxima década. No se trata de volver a definiciones de libros de texto, sino de evitar que nuestra capacidad de nombrar la realidad sea secuestrada nuevamente por una campaña de marketing político que promete oro y entrega cadenas. La primera resistencia es semántica; el resto, vendrá por añadidura.

